Incisiones para una democracia del siglo XXI.

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Esta es una carta para el señor Teódulo López Meléndez, intelectual, activista, escritor y quien propone una democracia para el siglo XXI.

El concepto de democracia se ha devaluado en el imaginario social. Y en gran parte los lazos que le sostienen son los de legitimidad, al irse perdiendo confianza en el propio régimen, al mismo tiempo se le está condenando al fracaso.
Por eso, cuando leo sus ideas y postura de confianza absoluta hacia la práctica democrática, veo un cimiento enorme para hacer posible la democracia que usted sueña. Y es que no es algo que no se haya planeado antes en conjeturas de diferentes orígenes, llámese Dahl, Morlino, Ferrajoli, de Sousa, Nohlen.
Tan sólo leer como se utilizan con soltura las teorías de Sartori, Habermas, Arendt y Tocqueville (entre muchos otros), se puede observar que las raíces ideológicas son robustas, y aunque en lo personal esté de acuerdo con la gran mayoría de la vasta gama de propuestas, hay ciertas consideraciones que me gustaría debatir o extender desde mi muy humilde opinión.
Quiero empezar con una reconfiguración de la concepción práctica del marco electoral. Hay que recordar que en la democracia directa de la antigua Grecia las autoridades públicas no eran electas sino sorteadas, mientras la asamblea era el órgano de gobierno, quienes se desempeñaban como autoridades eran meros empleados sustituibles. Y el sistema electoral de la democracia moderna debe entenderse de manera similar, y es que la importancia de las elecciones no radica en la selección del mejor líder sino en la periodicidad de las propias elecciones. Es decir, no importa quién se elija mientras sea un ciudadano, lo verdaderamente esencial es ir rotando a los encargados públicos (enfoque que retomo de Karl Popper).
De este modo, una idea recurrente (pero no profundizada) que veo en sus escritos es acerca de los lideres, en lo personal no concuerdo con la utilidad del concepto de “líder”, porque en el uso público se tiene una carga moral fuerte sobre esa palabra, concediéndole bondades exageradas; como si los lideres fueran salvadores y personas dotadas de capacidades superiores al de la multitud ignorante. Pero siempre habrá alguien que hable, alguien que “represente” a un cuerpo social, por lo que no creo necesario exaltarlos, ellos no son el pueblo, deben ser desechables, que entren y salgan de los puestos públicos como si se tratase de una puerta giratoria. No hay que depositar la confianza absoluta en un individuo sino en un esquema; en el Estado de derecho, en sabernos leales a una ley y no a una persona (parafraseando a Bobbio).
Una noción que no encuentro definida, es la que argumentas sobre la “enseñanza de principios”, difiero en que se puedan “enseñar” los principios, como si fueran una rima, estos sólo se aprenden adoptándolos voluntariamente, haciendo el ejercicio de abstracción del que Sartori nos cree impedidos, y que debe ser fomentada mediante el desarrollo educativo.
No me es posible hilar ideas tan separadas entre todas las consideraciones de la democracia del siglo XXI, por lo que escribí algunos párrafos fragmentados:
-La pobreza intelectual e ideológica no se compara con la pobreza económica, la segunda es injusta pero la primera es inhumana; porque nos despoja de lo que nos permite reconocernos como seres racionales, y nos limita la existencia al satisfacer los instintos biológicos; como sociedad pronto nos convertiríamos en una masa deforme y disfuncional.
-La globalización es una realidad más concreta de la que normalmente se entiende, hoy cuando yo habló de “mi país” también estoy hablando del tuyo; hispanohablante, de una historia estatista similar, de cultura cercana, de que ambos tienen estructuras e instituciones políticas paralelas, son países siameses (como muchos otros).

-Reinventas la democracia práctica desde lo individual, sin discursos generales, sin el “desproporcionado uso de la estadística” diría Borges, el mejor ciudadano es el tipo socrático que tiene un profundo amor por el conocimiento, no por una ideología sectaria, ni siquiera por la patria.

-La sociedad del miedo como lo plantea Bauman, nos explica que las esperanzas de cambio social se paralizan en la desconfianza. Si pienso en Venezuela, no puedo sino entender en la histeria a gran parte de sus ciudadanos, sin embargo no todos entierran la cabeza; aterrados. Los proactivos, críticos y deliberativos son los que gestan cierta clase de equilibrio; el control social existe si hay voluntad, racionalidad y canales de comunicación.

-Las similitudes que se encuentran del chavismo con el totalitarismo del siglo XX no son únicas, en México también se encuentran semejanzas; desde otras ópticas, desde otro sistema, pero siguen siendo mecanismos de sobrevaloración del sistema político, de endiosamiento nacional y al mismo tiempo de atropellamiento y abuso en contra de los connacionales.

La democracia del siglo XXI será una democracia sin nacionalismo, ya es hora de que nos reconozcamos como ciudadanos del mundo, y que tengamos control sobre las autoridades locales (entendidas desde el municipio, distrito, entidad federativa y país), pero sabernos pertenecientes a un imaginario social sin fronteras, y por lo tanto exijamos así nuestra libertad de tránsito; sin fronteras.

Esta democracia del siglo XXI se acerca mucho a una utopía, pero no por la perfección sino por su naturaleza de ser improbable. Lo reconfortante es que este viaje a la improbabilidad no lo caminas solo compañero Teódulo.
Saludos.

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